El Talismán

Autor: Claudio Díaz
Ilustraciones: Quique Alcatena

Existen infinitos universos, y todos esos universos son infinitos… mientras existen.

Porque, aunque quizás no lo sepan, todos llegan a su final, tarde o temprano. Algunos se extienden por siempre jamás, empujados por la fuerza de la explosión que les dio origen, hasta que pierden toda su energía y mueren congelados. Otros, por el contrario, llegan a un punto en el cual esa fuerza se ve superada por la atracción gravitatoria, se contraen y retroceden hasta ser nuevamente un punto infinitesimal que congrega toda la masa original. Toda.

Pero esperen, esperen un momento. Hay uno que no tuvo ninguno de esos finales. Literalmente, nunca alcanzó su final. Uno de tantos universos paralelos en el cual un evento fortuito cambió el desarrollo de todo lo conocido, deteniendo el tiempo para siempre. ¿Que cómo es posible? Permítanme que les cuente…

Andrés Rodríguez podría haber sido una persona capaz de considerarse de lo más corriente, si no hubiera sido por su personalidad típicamente despreocupada y su habilidad para evitar cualquier trabajo seguro y permanente. Su actitud netamente cambiante, aunque constante en ese único aspecto, lo había llevado ahora a un estado de tristeza que lo hacía dudar de su propia capacidad.

La tragedia –aunque algunos observadores, de un modo retorcido, puedan opinar que tuvo un final feliz– comenzó el día en el que conoció a quien pronto sería el objeto de su amor, una muchachita baja y risueña que lo enloqueció desde el primer momento.

Todo parecía ir maravillosamente bien con el romance hasta esa noche fatídica en la que fue presentado formalmente a sus futuros suegros, los cuales decidieron que un artista bohemio, artesano y vendedor callejero no era un buen partido para su única hija.

El asunto podría haber terminado allí, con un corazón roto y un nuevo pretendiente para la nena, pero a Andrés se le ocurrió salir a dar una vuelta sin rumbo, para despejar un poco su mente y calmar sus sentimientos. Fue entonces cuando aquello lo golpeó en la cabeza.

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Se volvió hacia el lugar desde donde suponía que había sido lanzado el objeto, y por más que buscó, no halló persona alguna por los alrededores.

–Es muy raro –pensó. Luego dirigió su mirada hacia el objeto misterioso que lo había golpeado. Lo tomó con mucha delicadeza y lo examinó más de cerca. Era un cristal, de eso estaba seguro ya que había trabajado con cristales, pero no se parecía a ninguno que conociera. Tenía una forma octaédrica, aunque varias de sus aristas estaba redondeadas deliberadamente, como si debiera sostenerse en la mano de alguna manera en especial. Se lo guardó en el bolsillo dejando para luego decidir qué podría hacer con él.

Tras volver del paseo, cuando su mente se hubo aclarado un poco, decidió que era hora de terminar unas billeteras de cuero que le habían encargado. Tristeza o no, había que comer de todos modos. Sin embargo, por más que buscó no fue capaz de encontrar la cuchilla. Luego de rebuscar por cada sitio que se le vino a la mente, recordó el cristal y supuso que podía utilizarlo para cortar tan bien como la trincheta perdida.
–Espero que con tu ayuda las billeteras estén terminadas pronto –pensó mientras lo acomodaba en su mano.

Y estuvo a punto de caer al suelo cuando, sobre la mesa de trabajo, aparecieron como por encanto las billeteras que necesitaba, en el sitio que antes habían ocupado los retazos de cuero sin trabajar.

Tras varias pruebas y deseos realizados, a Andrés no le quedó más remedio que aceptar que tenía en su poder un cristal que cumplía los pedidos de quien lo sostuviera en su mano. El cuarto de trabajo estuvo limpio y ordenado con solo enunciarlo; la cena apareció mágicamente sobre la mesa del comedor; la pintura descascarada de las paredes recuperó el aspecto flamante que había tenido años atrás; su ropa sucia estuvo limpia al instante para luego desaparecer reemplazada por otras nuevas prendas que siempre había querido poseer. Hasta se dio el lujo de hacer aparecer un nuevo equipo de audio de la nada, de la marca que deseaba, absolutamente auténtico. Los fajos de billetes tampoco fueron un problema, se materializaron frente a sus ojos con valija y todo como lo había visto en tantas películas. También comprobó que el cristal concedía solamente deseos literales, por lo cual cuando deseó una milanesa a caballo, bueno, eso mismo fue lo que obtuvo en medio de la sala de estar.

Esa noche tardó bastante en irse a dormir, tras haber hecho aparecer y desaparecer todo cuanto se le ocurrió a su mente simple. La humanidad podía estar tranquila, Andrés no tenía espíritu de dictador ni amo, ni envidiaba la riqueza ajena. Acostumbrado a mantener un perfil bajo, tan sólo quería una vida estable y sin problemas con su chica, y parecía que iba a poder conseguirlo.

Despertó de golpe a la mañana siguiente y se levantó como un resorte del sofá sobre el cual había caído rendido con la ropa puesta. Apretó el cristal con fuerza y deseó estar limpio, arreglado y vestido con ropas nuevas. Luego tomó la valija y salió presuroso hacia la casa de su amada.

Fue su suegro quien abrió la puerta, pero antes de que lo echara de nuevo a la calle Andrés le puso la valija en las manos y le dijo:

–Ya puede usted estar tranquilo. A su hija no le faltará nada a mi lado –y tras pasar a la sala cruzó delante de la asombrada madre para detenerse ante la joven. Con la mano en el bolsillo pronunció en voz alta–: Ahora podremos estar juntos para siempre, mi amor.

Algunos meses más tarde, después de haber viajado a varios lugares del mundo, adquirido una enorme casa y con la fecha de boda fijada, Andrés aceptó decirle a su amada la verdad. Ella había insistido muchas veces sobre el tema, pero él no se animaba a contarle cuál era el origen de su fortuna para no asustarla. Luego pensó que, de resultar de ese modo, todo lo que tenía que hacer era desear que la joven olvidara el asunto y volverían a ser felices como antes.

Tras conocer la verdad, la muchacha no solo le creyó sino que comprobó ella misma los poderes del cristal cuando su amado le concedió vestidos, joyas y otros objetos mundanos que aparecieron de la nada frente a sus ojos. En un momento de debilidad Andrés le permitió que tomara el cristal y pidiera aquello que más deseaba en el mundo. Lo que no pudo prever es que, una vez más, el cristal iba a cumplir literalmente su deseo.

–Lo que más quiero… –dijo ella–. Lo que más quiero es que este instante en el cual estamos juntos y felices… dure para siempre.

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