El nido
Autor: Maxi “Pachi” Petazzi
Ilustraciones: Catalina de los Ángeles
Estaba anocheciendo cuando Ulises Costa llegó a la estancia llamada El Nido. Era una construcción de unos sesenta años, un poco descuidada, pero de un precio muy conveniente a la hora de alquilar un cuarto. Se encontraba rodeada de árboles de gran tamaño de los que colgaban telarañas que brillaban a la luz de la luna. Al fondo se veían los establos. Más allá, Ulises imaginaba la llanura verde. Era por lo que supuestamente se encontraba allí: un paisaje campestre que lo aliviara de la moderna Buenos Aires, del bullicio y del tumulto de gente, de las nuevas construcciones y de las nuevas maquinarias.

Quiso golpear la puerta, pero ésta se abrió antes de darle tiempo, dejando ver a una hermosa mujer de casi cuarenta años, de piel blanca, cabello negro y vestido color bordó1. Era la dueña de la estancia, viuda desde hacía ocho años.
─Bienvenido a “El Nido”. Usted debe ser el señor Costa. Lo esperábamos más temprano. Leonardo se encargará de llevar su caballo a los establos ─dijo, señalando a un hombre grande y de rasgos duros.
─Es una yegua. Está un poco inquieta desde que cruzamos la tranquera. Es extraño en ella, pero… No me dijo su nombre, señora…
─¡Perdone! Estaba un poco distraída. Soy Isidora. Pase, por favor, pronto prepararé la comida.
─¡Un gusto!
El interior no era lo que esperaba. Se veía sucio, algunas arañas se paseaban entre estanterías y cuadros, y tanto el techo como las paredes presentaban golpes, hoyos redondos de poca profundidad. Ulises fue anotando estos detalles en un pequeño cuaderno, cuando su anfitriona se descuidaba.
Esa noche había tres habitaciones ocupadas. Una era de él, otra estaba ocupada por Jacinto (un doctor retirado), y la otra por una joven llamada Herminia. Todo parecía normal dentro de los detalles reales que habían llevado a Ulises a aquella estancia.
Estuvieron los dos solos, bebiendo té y hablando en el cuarto que comunicaba con la cocina. Isidora le comentó que la estancia estaba pasando por un mal momento económico y que escaseaban los clientes; Ulises le contó que estaba a punto de retirarse, ya que sólo le quedaba un trabajo más.
Unas horas después, el viento soplaba entre los enormes árboles y el fuego crepitaba con la leña que había encendido Leonardo. Fue cuando se escuchó un grito que les heló la sangre a todos en la estancia.
Corrieron al segundo piso y se encontraron con Herminia en el pasillo. Pálida y temblando, dijo:
─¡Fue en la habitación del doctor!
Ulises rompió la puerta, puesto que no había forma de abrirla; estaba trabada desde dentro. Todo estaba destrozado, había sangre por todas partes, y Jacinto yacía en el suelo con la cabeza a medio degollar y con uno de sus zapatos en su mano izquierda. La ventana estaba semi‒abierta, la cama desecha y el perchero quebrado. Lo único en su lugar era la lámpara a combustible que iluminaba la habitación.
Ulises nunca esperó encontrarse algo así. Estaba en El Nido por una razón, pero jamás se imaginó algo tan macabro. Conservando la calma comenzó a atar cabos en silencio, aislándose del bullicio que producían los demás.
Leonardo llegó cinco minutos después. Agitado, quizás por subir apurado las escaleras. En su rostro se reflejaba el temor, pero no la sorpresa. Su ropa se encontraba rasgada, y había rastros de sangre en sus manos.
Discutieron, Herminia culpó a Leonardo de la muerte del doctor, pero el cuidador se defendió diciendo que el estado deplorable de su vestimenta se debía a que tuvo que mover ramas de un limonero, y que las espinas de estas lastimaron sus manos.
Debatieron con el cuerpo allí tirado. Nadie parecía culpable y en el cuarto no había nada. Ulises revisó dentro del placard2, debajo de la cama e incluso buscó marcas en la ventana. Todos parecían tener una coartada factible.
Escucharon un ruido, apenas perceptible, cuando vieron cómo la cabeza de Jacinto vibraba, desprendiéndose poco a poco del hilo de carne que la ataba al cuerpo. El sonido aumentaba. Los ojos del doctor salieron disparados hacia fuera y de la boca comenzó a caer sangre.
Herminia se desmayó. Isidora observaba todo, sin inmutarse, conservando la elegancia digna de una reina. Leonardo la miraba de reojo, temblando, susurrando “no otra vez”.
Ulises, muerto de pánico, tomó la cabeza del suelo, separándola completamente del resto del cuerpo del doctor y la volteó. Había un agujero enorme de carne rasgada que comunicaba el cuello con el cerebro, y en el fondo una cosa negra se movía frenéticamente. Ulises metió la mano y sacó una horrible criatura del interior de la cabeza.
Tenía muchos ojos, enormes, y dos afilados colmillos que se movían sin cesar. Su rostro parecía humano, pero su cuerpo era el de un arácnido de pelo negro. Leonardo trató de huir, pero una gruesa telaraña cubría la puerta del cuarto.
Isidora emitió una carcajada. Una de esas que sólo las brujas pueden emitir. Ocho patas, afiladas como cuchillas, pegajosas y peludas salieron una a una debajo de su vestido. Y su sonrisa se convirtió en una boca poblada de dientes afilados. Trepó por el techo, clavando sus patas en la pared. Y con gran velocidad atacó a sus inquilinos, incluso a su esclavo Leonardo, sin ni siquiera darles tiempo de gritar.
Ulises, muerto de terror, vio como su carrera de detective llegaba a su fin. Nunca había presenciado nada similar. Tantos casos resueltos, tantos años de trabajo, pero nunca nada igual. Le faltaba poco para jubilarse. Todos los rumores, toda esa gente desaparecida… y nunca imaginó que un ser abominable fuera el responsable del misterio que invadía la estancia.
Al día siguiente, El Nido estaba disponible para nuevos clientes.
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