Abuela

Autor: Cristian Damnotti
Ilustraciones: Elmo Rocko

A Rebeca no le extrañó el desorden en la casa ya que su abuela había sido una acumuladora compulsiva hasta el día que había fallecido. Luego de de haber sufrido la pérdida de su marido, Irma se fue alejando de la realidad; su único interés era coleccionar todo tipo de cachivaches. Nadie dijo nada. ¿Qué se le podía reclamar a una mujer huraña sin nada más que las horas frente a sus pertenencias?

abuela-cristian-damnotti-entrando-a-la-casa

Después de haber ingresado, Rebeca sintió un miedo ilógico. Una presencia acechante entre la mugre que se había acumulado con el correr de los años. Tal vez el espíritu de Irma, que por mucho que lograse acceder a los misterios de la muerte, sentía celos de sus posesiones. ¿No era interesante el otro lado? ¿Tanto costaba dejar este mundo plagado de horror y magia?

«¿Sabés que el mar está lleno de secretos? ―pudo recordar la voz de su abuela comenzando un relato. Pronto, el capitán y su tripulación estarían enfrentándose a las criaturas de las profundidades, agitando las espadas; intentando ganarle a la marea―. El mar guarda los secretos menos explorados. Solo los valientes atraviesan las aguas en busca de estos, solo los generosos de corazón descubren tesoros disfrazados entre las algas y el olvido». Irma poseía una enorme biblioteca dedicada a novelas y cuentos de aventura. Fue su forma de viajar sin moverse.

Después de haber llamado a su casa para avisar que había llegado, Rebeca se puso a revisar cada uno de los ambientes. Su padre aún no estaba preparado para volver a San Agustín. Habían partido años atrás para instalarse en una zona donde pudieran superar la monotonía del pueblo. Las llamadas con su madre se hicieron cada vez menos recurrentes, hasta que olvidaron a Irma. La pobre vieja murió en una cama de hospital después de haber contraído una pulmonía. Cuando la noticia llegó, el dolor fue insoportable, pero era la culpa la que hablaba a través de lágrimas y no la desaparición física de Irma. Rebeca había vuelto para encargarse de los servicios funerarios. Sería un entierro deprimente: sus padres no pensaban en regresar a una tierra que nada les había dado más que la indiferencia y por lo que tenía entendido, su abuela tampoco contaba con otros afectos.

 

Rebeca encontró algunas pinturas en el armario. Irma no se había destacado en ninguna rama del arte, era una forma de pasar el tiempo, un hobby más en su vida solitaria. Allí estaba retratada la Bahía de San Agustín con montañas perdidas en el horizonte, acuarelas de paisajes, frutas puestas en una canasta. Pero ninguna imagen de su familia. Irma los había borrado. Unas pinturas le llamó la atención: las cartulinas retrataban a una sirena reposando en la orilla del mar. Parecía estar mirándola como si disfrutara captar toda su admiración. Quizá, Irma la había copiado de alguno de sus libros, ya que muchos de estos ejemplares traían ilustraciones (en especial los que trataban sobre aventuras marinas) o era una creación propia. Aunque ninguna de sus otras obras tenían el mismo estilo.

Un sonido brotó de las paredes. Un sonido calmo, como una canción de cuna.

«Es tu imaginación», trató de convencerse. Era bella y dulce, parecida a un afrodisíaco.

«No hay nadie», se dijo.

Rebeca miró en dirección al sótano. La estaba llamando, invitándola a bajar.

«Tu abuela está muerta».

La melodía se empeñaba en controlar cada uno de sus movimientos, transformándola en un objeto sin voluntad. Aunque luchó por impedirlo, Rebeca terminó abriendo la puerta.

Después de haber bajado, siguió caminando; sin importarle tropezar con huesos anchos y despojados de pieles y músculos. ¿Cuántos había? Demasiados para contarlos en lo que tardó en atravesar los cráneos que la observaban con inercia.

«La abuela con sus historias. La abuela siempre esperando algo a la orilla del mar», rememoró.

Vio una aleta moverse sobre la bañadera que estaba en una de las esquinas, chapoteando, haciendo temblar al agua ennegrecida por el tiempo.

«¿Sabés que el mar está lleno de secretos?».

Rebeca reposó sobre el pecho de la criatura. Luego, cerró los ojos sonriendo, sin la menor de las voluntades; llena de felicidad.

Y cuando terminó de cantar, abrió la boca, mostrando unos dientes opuestos a la belleza de su melodía.

— o —

Te invitamos a seguir leyendo.

WEBTOONS - COMICS - RELATOS

Envianos tus consultas a través del email hola@gcomics.online.
Son bienvenidas las propuestas e ideas.

También podés escuchar nuestro PODCAST.

Encuentra los libros que publicamos en papel en NUESTRA TIENDA.

— o —

Seguinos en Telegram, Facebook, Instagram y en Twitter para estar actualizado sobre las novedades de historietas y dibujo.

Estamos también en Google Podcast, Spotify, Itunes, Ivoox, Stitcher y TuneIn.